• In Sin categoría
  • On

Vivimos en la Edad de los Milagros, y no lo sabemos

Muchas veces me encuentro deseando haber vivido en la época de algunos de mis héroes que participaron en grandes acontecimientos históricos y ponerme de su lado en sus batallas. ¡Cuánto los he admirado e idealizado! ¡Cuánto hubiera deseado hallarme en su compañía y ayudarles de algún modo en su lucha contra la ignorancia y la injusticia, y en esa medida formar parte de un acontecimiento importante de la historia!.

Todos hemos tenido o tenemos héroes del pasado que admiramos; la historia está repleta de ellos. En lo que a mí respecta, como bahá’í, hubiera deseado vivir en la Edad Heroica de mi Fe y contarme entre aquellos grandes hombres y mujeres que lo arriesgaron todo, entregando la vida, por sus creencias. Sufrieron tormento, y fueron arrojados a prisión para que renegasen de su fe; pero eso no hizo sino tornarlos más decididos y esforzados. Muchísimos de ellos perecieron a causa de sus creencias. Sus historias de valentía son motivo de inspiración y esperanza.

Recientemente reflexionaba sobre lo que acontece hoy día. Las noticias se centran en los acontecimientos negativos, mientras que yo me esfuerzo por ver el lado positivo de la actualidad. Al hacerlo caigo en la cuenta de que las maravillas de nuestra época pasan completamente desapercibidas debido al sesgo negativo de las noticias.

Me resulta fascinante cuando escudriño más y más en la realidad observándola con un ojo inquisitivo. Pertenezco a una generación que no disponía de teléfono o televisión, ni de muchos dispositivos maravillosos que hoy día son casi banales; de modo que no los veo con la vista cansada sino con cierta sensación de pasmo y maravilla. No los doy por cosa hecha, así que ya puede usted imaginarse por qué le llamo a esta época le la «Edad de los Milagros».

Se trata nada menos que de aquellos tiempos que nos fueron prometidos en las visiones de tiempos y religiones pasadas:

«Desde todo punto de vista el mundo de la humanidad está sufriendo una reforma. Las leyes de gobiernos y civilizaciones anteriores están en proceso de revisión; las teorías e ideas científicas se están desarrollando y progresan para hacer frente a un nuevo conjunto de fenómenos; las invenciones y los descubrimientos están penetrando campos hasta ahora desconocidos, revelando nuevas maravillas y secretos ocultos del universo material; las industrias tienen una extensión y producción más amplia; en todas partes el mundo de la humanidad se halla trastornado por una actividad evolutiva  que indica la muerte de las viejas condiciones y el advenimiento de la nueva era de reforma”.

‘Abdu’l-Bahá, La promulgación de la Paz universal, p. 504.

Comprendo cuánto hubieran deseado mis héroes estar presentes en este día, no sólo debido a los inventos y descubrimientos acumulados, sino también para comprobar cuán cerca nos hallamos del día prometido de todas las épocas, esa edad en que la humanidad habrá de unirse dando lugar a un nuevo Orden Mundial y a una Mancomunidad de Naciones.

Parece una locura escribir acerca de estas cosas en una época en la que todo parece ser como si el mundo se viniera al traste, desgarrado por las numerosas guerras y conflictos que campean por doquier. Pero todo ello es parte de un plan mayor.

«El equilibrio del mundo ha sido trastornado por la vibrante influencia de este más grande, este nuevo Orden Mundial. La vida ordenada de la humanidad ha sido revolucionada por medio de este Sistema único y maravilloso, nada semejante al cual jamás han presenciado ojos mortales».

–Bahá’u’lláh, Kitáb-i-Aqdas, §181.

Toda persona sabe que para construir la casa de sus sueños es preciso desmantelar la vivienda destartalada en que se habitaba para dar paso a una nueva, de mejor diseño y mayor belleza estructural. El viejo orden, con sus teorías, sistemas y estructura económica, política, educativa, sanitaria, ya no puede satisfacer las necesidades de la presente generación humana. Todo este tumulto no es sino señal de su disfunción y del estado inminente de ruina que amenaza. No nos habla del fin del mundo sino de la venida de un mundo nuevo y más bello. Creo que nos encontramos en la encrucijada misma de esos grandes cambios tumultuosos, y lo creo porque una mayoría de personas coincide en creer que las cosas no funcionan y ya no necesitan de pruebas para convencerse de que hace falta un sistema mejor. Ahora podemos entregar nuestras energías a establecer los cimientos de un mundo mejor, una mancomunidad mundial.

«Esa mancomunidad,  en la medida en que podemos visualizarla, debe estar constituida por un cuerpo legislativo mundial cuyos miembros, en calidad de representantes de toda la humanidad, controlarán en última instancia la totalidad de los recursos de todas las naciones integrantes, y promulgarán las leyes que fueren requeridas para reglamentar la vida, satisfacer las necesidades  y ajustar las relaciones de todas las razas y pueblos. Un poder ejecutivo mundial, respaldado por una fuerza internacional, llevará a cabo las decisiones a que haya llegado ese cuerpo legislativo mundial, y aplicará las leyes dictadas por éste, y protegerá la unidad orgánica de toda la mancomunidad. Un tribunal mundial fallará y formulará su veredicto obligatorio y final en todas las disputas que surjan entre los diversos elementos constituyentes de este sistema universal. Se ideará un mecanismo de intercomunicación mundial que abarque al planeta entero, libre de trabas y restricciones nacionales, y que funcione con maravillosa rapidez y perfecta regularidad. Una metrópolis mundial actuará como el centro nervioso de una civilización mundial, el foco hacia el que convergerán las fuerzas unificadoras de la vida, y desde el que se difundirán sus influencias dinamizadoras».

—Shoghi Effendi, El orden mundial de Bahá’u’lláh, p. 354.

¿Quién, habiendo vivido en generaciones pasadas –me atrevo a decir– no habría deseado presenciar el advenimiento de esa nueva época? Somos ahora testigos de cómo se desmorona la vieja estructura al tiempo que surgen nuevas invenciones portentosas. Poseemos la plantilla de esa nueva estructura, y disponemos del utillaje necesario y mientras aguardamos ávidamente a comenzar las labores de construcción. Como bahá’ís, creemos que poseemos ese diseño de la estructura. Pero, antes de nada la humanidad en su conjunto debe aunar esfuerzos para participar en esta aventura. El nuevo mundo pertenece a todo habitante de la tierra.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *